Por fin, llegó el autobús: joven, ondulante, limpio y casi silencioso frenando suavemente justo delante de mi, que me había apresurado a levantar con cierta elegancia la mano, para ser la primera en solicitar su parada.
Qué lejos quedaban aquellos tiempos en que el autobús de cada día se acercaba sin pedírselo, como un viejo asmático, jadeante, entre chirridos y resoplos hasta la gente arracimada en el punto de arranque hacia los lugares de trabajo y otros menesteres. Hoy como ayer, el ojo avizor de un asiento vacío donde descansar la espera, lugar de privilegio – si era solo mejor -, junto al cristal grueso de una ventana que daba al mundo de las calles, al laberinto de la ruta. Sentarse, poder mirar y ausentar los sentidos de un entorno condensado, de masa vociferante, sonidos de móviles, intimidades prodigadas al reducido espacio del transporte público, ocasionales compañeros de viaje.Poder pensar… qué difícil…
Ya se habían encendido los grandes focos en las avenidas, vencidos sobre el asfalto, desde muy arriba; oscuras permanecían las viejas farolas de antes y, sobre las casas, lucían ya los anuncios luminosos que estimulaban la pupila con sus colores rotatorios y la sorpresa de su cambiante geometría.Era curioso ver las mil lucecitas rojas de variable intensidad y en filas dispares de a dos de los coches circulantes en la misma dirección. No obstante, los árboles de la vía amplia por la que discurríamos apenas se veían… como muertos, permanecían en pie y las ramas en cruz con ese poquito de orgullo de ser y haber sido cuando brilló el día, bordeando también estrechos bulevares y aceras de tres pasos a lo ancho… Comercios cerrados algunos, casi cerrados otros, dejando constancia con la luz multicolor de sus rótulos, la presencia en la noche del nombre con que un dueño los bautizó, en ese caprichoso llamarse así porque sí.
Todavía faltaba un tiempo para llegar a término, a mi término y, de pronto, una pincelada de recuerdos inundó mis ojos ciudadanos y no supe nunca si fueron instantes o minutos ¡cuánta medida!. Pero llegaste a mí, cadencia de mil bellezas, de ese lugar junto al mar…donde,
a penas siete días me albergaste y me fui muy a pesar de los dos. Tu no querías, yo tampoco me hubiera ido así, furtiva, desertora por mil reclamos de un vivir milimetrado. Llegué, me acuerdo bien, con mi corazón ardiente, disfrazado de indiferencias y aparentes austeridades urbanas, pero el frío de mi máscara lo derretiste tu, desde el amanecer de cada día, sol de mi mar, besándome los ojos y los labios…
Y fue desde un atardecer, sola en la inmensidad de una dimensión impensada, origen de toda vida… que te escribí, porque te había visto desde el primer momento en que llegué, y me habías invitado a decirte
mujer marinera de Lloret de Mar…
Tu estarás siempre aquí,en tu pedestal de rocas,
sobre el espejo de tu mar,
y cien mil vientos te envolverán día tras día…
El bronce de tu grávida anatomía,
brillará a los rayos de un sol amante mientras,
recordando sus caricias al atardecer,
toda llena de soledades rosas, mujer marinera,
te enviaré el beso de siempre, el beso abierto
a tu espacio de noche próxima,
para decirte que te amo, que te ama el sol
como a mi me ama también,
y a la primera estrella, testigo de esta bellísima locura,
le preguntaré: ¿Cómo amarnos los tres?
…………………………
Cuando, bruscamente, un aviso en el complicado mecanismo de mis pensamientos exigió que me levantara del asiento en el autobús, mecánicamente así lo hice, descendí y pisé el asfalto.Antes de fundirse la pincelada del recuerdo, mi melancolía fue vencida por la autodefensa de la esperanza,con una sola palabra: VOLVERE.
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